Todo lo que aprendí el día en que le grite “no” a Dios.

Ese día todo cambió.
Ese día todo mi mundo se sacudió.
Se presentó ante mi con tanta arrogancia que me molestó.
“Vengo en nombre de Dios” fueron las palabras con las que ante mi se presentó.
Fueron esas las palabras que irritaron todo mi ser.
Fueron esas las palabras que deteste hasta mas no poder.
Pensé que no había nadie que superara mi manera perfecta de vivir.
Pensé que nadie tenía el derecho de cambiar el camino que se me diera la gana elegir.
Pero entendí que hasta los grandes hombres como yo pueden equivocarse y morir.

Las aguas se volvieron sangre delante de mis ojos.
Y luego sucias ranas atestaron el país provocando el desalojo.
Fue difícil pero siempre fui un hombre fuerte.
Y no pensaba ceder aunque me topará cara a cara con la muerte.
“No me interesa tu Dios” le dije al profeta sin remordimientos.
Sin imaginar que las plagas continuarían aniquilando mis orgullosos sentimientos.
Pensé que no había nadie que superara mi inteligencia.
Pensé que nadie tenía el derecho de intentar cambiar mi autosuficiencia.
Pero entendí que al final todos somos simples mortales en esencia.

Los piojos y moscas llenaron de sangre nuestros cabellos.
Y luego una peste mortal asesino a todos mis bueyes, ovejas y camellos.
Fue difícil pero no iba a humillarme delante de mi gente.
Y no quise ceder aunque el país estaba corrompido con miseria y animales pestilentes.
“Yo soy mi propio dios” dije al profeta mirándolo fijamente.
Sin imaginar que la prueba Divina aún no había terminado completamente.
Pensé que no había nada que cambiar en mi corazón.
Pensé que nadie tenía el derecho a decirme que yo vivía en una brutal confusión.
Pero entendí que la cruda verdad es lo único que nos libera de la destrucción.

Una ulcera corrompió nuestra suave piel.
Y ninguna medicina curaba el dolor que nos quebraba como la hiel.
Fue casi imposible tolerar pero no iba a doblegarme ante la magia de un simple hebreo.
Y no rendí mi corazón aunque la mitad de mi pueblo yacía sufriendo en el suelo.
“Si Dios quiere decirme algo que se me aparezca y me lo diga” dije fríamente.
Sin imaginar que cada palabra mía solo servía para hundirme lentamente.
Pensé que no había nada que no pudiera superar.
Pensé que nadie tenía el derecho de darme palabra de Dios sin antes yo autorizar.
Pero entendí que cuando Dios habla, es muy inteligente escuchar.

Una tormenta de granizo mezclado con fuego azotó la ciudad entera.
Haciendo que nuestras voces y fuerzas humanas desfallecieran.
Fue difícil pero me había determinado a permanecer en mi autoproclamado trono celestial.
Y no doblegue mi alma aunque mi propia gente me gritaba que los librara de tanto mal.
“No puedo servir a un Dios tan malvado que envía plagas” dije con superioridad.
Sin imaginar que el trato Divino conmigo aún estaba por terminar.
Pensé que yo era bueno y no tenia pecado.
Pensé que nadie tenía el derecho de decirme que yo era pecador despiadado.
Pero entendí que la ley de Dios es un espejo para conocer lo bueno y lo malo que hago.

Un enjambre de langostas cubrió el cielo consumiendo toda planta y cultivo de estación.
Y luego el sol se oscureció inundando de una densa oscuridad toda la nación.
Fue casi imposible mantenerme en pie pero en silencio mantenía mi reputación intacta.
Y seguí ilógicamente diciendo no, aunque mi pueblo estaba dispuesto a acatar la Divina Acta.
Entonces el profeta habló.
“Te he dado oportunidades y las has rechazado abiertamente,
asegurando que no necesitas nada mas que tu dinero y tu mente,
te has autoproclamado superior a todo humano, ley y creencia,
y has despreciado la ley de Dios y pisoteado a Mi pueblo a tu conveniencia,
por lo que tu mismo has hundido tu nación en dolor y confusión,
y provocado sobre la tierra miseria y destrucción,
mas Yo te digo ahora que si dejas ir a Mi pueblo y te arrepientes,
y obedeces Mis justas leyes inherentes,
Yo te perdonaré, y saciaré de paz, sanidad y riquezas a todas tus generaciones.”

“No, yo soy el faraón de todo Egipto y si vuelves ante mi, te ejecutaré” grite indignado y majestuoso.
Sin imaginar que mi vida estaba a punto de ser cambiada por el Todopoderoso.

Todo primogénito sobre la faz de la tierra murió.
Y mi hijo, mi sucesor, mi tesoro más valioso, también falleció.
Esta vez no pude mantenerme en pie.
esta vez yo simplemente lloré.
He dado la orden de liberar al pueblo de Israel.
Pero Egipto ya es un desierto hundido en la miseria, virus y muerte.

¿por qué no hice caso desde el principio?
¿por qué me negué a aceptar mi obvia inferioridad?
¿por qué no salve la vida de mi amor?

No dejo de pensar como hubiera sido si hubiera cedido antes.
No dejo de pensar como hubiera sido la historia de mi nación si hubiera dicho SÍ.
No dejo de pensar como hubiera sido mi vida si tan sólo hubiera entendido que yo estaba mal y que Dios estaba bien.
No dejo de pensar en como hubiera sido la vida de mi hijo si tan sólo hubiera tenido la inteligencia de arrepentirme y aceptar el amor de Dios.

No dejo de pensar en cuantos faraones hay en el mundo hoy.
No dejo de pensar en cuantos estarán gritando a Dios un NO en lugar de un SÍ.
No dejo de pensar en cuantas plagas tendrá que experimentar la humanidad para entender.
No dejo de pensar en cuantos profetas morirán a manos de humanos que se autoproclaman “dioses”.
No dejo de pensar en lo maravilloso que sería el mundo si dejaran de existir “faraones”.
No dejo de pensar en todo lo que aprendí el día en que le dije NO a Dios.

Éxodo capítulos del 7 al 11

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