El sinvergüenza más extraordinario de todos los tiempos.

Soy un completo sinvergüenza.

No me avergüenzo de lo que hablo.
No me avergüenzo de compartir lo que he visto.
No me avergüenzo de escribir lo que pienso.
Pero lo más importante es que no tengo la más minima vergüenza de decir que creo en Dios.

No me avergüenzo de creer que somos creación de Dios y no bacterias descendientes de un mono.
No me avergüenzo de creer en la Biblia.
No me avergüenzo de orar y creer que Dios me escucha.
Pero lo más importante es que no tengo la más minima vergüenza de decir que soy Cristiano.

Yo no me avergüenzo de creer que Jesús nació de una mujer virgen, a mi no me da vergüenza creer que Jesús es el hijo de Dios y que sana enfermos y echa fuera demonios, o que haya convertido el agua en vino; no me avergüenza creer en mi Señor que multiplicó los panes y los peces, caminó sobre el agua, ni decir que Él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, que murió en la cruz, que resucitó, está vivo y viene pronto a juzgarnos.

No me avergüenzo de creer en Adán y Eva, en el paraiso, ni en el pecado original del fruto prohibido. No voy a avergonzarme de un Noé haciendo un arca; un Moisés que abrió el mar rojo, ni de un David matando al gigante Goliat; y tampoco me avergonzaré de Sara teniendo hijos a los 99 años siendo esteril, ni de un José que interpretando sueños pasó de encarcelado a gobernador de egipto, ni de como Josue oró y Dios detuvo el sol, ni de cómo Dios envío pan del cielo para su pueblo, ni Josue derribando los muros de Jericó dando siete vueltas alrededor de la ciudad, ni mucho menos de los profetas que anunciaron los acontecimientos que hoy vivimos.

No me avergüenzo de cambiar de canal cuando empiezan a pasar escenas sexuales ilicitas, ni de desechar cualquier serie de Netflix que no se ajuste al estandar de pureza de Dios, aún y cuando sea la más “polular” entre mis amigos; no me avergüenzo de haberme guardado puro hasta el matrimonio, ni de buscar la pureza en mis relaciones y poner a mi Señor como centro absoluto de ellas, ni tampoco de hacer todo lo que esté a mi alcance para agradar con mi cuerpo a Dios.

Pero lo más importante es que no tengo la más minima vergüenza de salirme del cine o teatro, si lo que muestran blasfema el nombre de mi Señor.

No me avergüenzo de decir que amo a Dios más que al dinero; no me avergüenzo de Diezmar con absoluta devoción y esperar la Bendición de Dios, no me avergüenzo de poner la Obra de Dios por encima de todo mi presupuesto financiero, de bendecir mis alimentos antes de comerlos, de no mover un dedo sin antes consultar a mi Señor, de no iniciar un negocio si este conlleva actos ilícitos, de no aceptar sobornos; no me voy a avergonzar de pagar mis impuestos y de no comprar mercadería robada. Me avergonzaré de lo malo, no de lo bueno.

No me avergonzaré de doblar rodillas, sonreír al cielo, alzar mis manos para darle gracias a Dios. En cualquier lugar. A la hora que sea. Jamás me avergonzaré de cargar mi Biblia junto a mis libros universitarios. No me averguenzo de evitar la carne de cerdo, tortuga o cualquier animal prohibido por Dios. No me da vergüenza creer en el Espíritu Santo, ser lleno de Él aquí, en la calle, en el gimnasio o en el centro comercial, que venga la unción y sacuda mi cuerpo, me llene de gozo, que me quebrante. No me voy a avergonzar de decir que creo en Dios Todopoderoso, en su Hijo y en Su Santo Espíritu; no me avergüenzo de los dones del Espíritu Santo, de hablar en lenguas, de la profecía, de caer temblando en Su presencia, ni de decir que hay cielo e infierno.

No me averguenzo de hacer lo que tenga que hacer para llamar la atención de los ateos y presentarles a Dios. No me da verguenza hacer el ridículo si con eso gano un alma más para Jesús. 

No me da vergüenza ser llamado fanatico.
Me daría vergüenza ser llamado “tibio”.
No me da vergüenza ser llamado loco.
Me daría vergüenza ser llamado “normal”.
No me avergüenzo de Creer.
Me daría vergüenza dudar.
Pero lo más importante es que no tengo la más minima vergüenza de confesar que soy un pecador necesitado de Jesús.

No me avergüenzo del evangelio, pues es poder de Dios para todo aquel que CREE.
Si Dios no se avergüenza de mí, ¿por qué yo sí de Él?
Si Dios no se avergüenza de nosotros, ¿por qué nosotros sí de Él?
Seamos los sinverguenzas más extraordinarios de todos los tiempos.

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