La nueva arma espiritual con la que vencí mis tentaciones pecaminosas para siempre

Vencí al pecado.
No estoy bromeando.
Literalmente, lo vencí.
Ya no tiene poder sobre mi carne.
Ya no tiene poder sobre mi corazón.
Y lo mejor: mi mente porfin es libre.
Ya no sucumbo ante la pornografía.
Ya no sucumbo ante mujeres prohibidas.
Y lo mejor: el vicio ha perdido su poder sobre mí.
Ahora yo domino a las tentaciones.
Simplemente estoy muerto al pecado.
Y lo vencí en un segundo.
Usé un arma espiritual muy nueva.
Usé un arma espiritual extremadamente poderosa.
Usé un arma espiritual de la cual desconocía su existencia.
Y voy a contarte cúal es y cómo ocurrió todo esto.

Perdi millones de veces ante la tentación.
Sí, millones.
Puedo decir que fui uno de los seres humanos más pecadores del planeta.
Carecía del poder para decir “no”.
Carecía del poder para vencer lo malo.
Pero lo peor es que carecía del poder para vencerme a mi mismo.
Luchaba cien veces al día.
Caía cien veces al día.
Me arrepentía cien veces al día.
Llegó el momento en que consideré que quizá yo no era fuerte.

Busqué muchas maneras.
Probé cientos de estrategias.
Intenté todas las armas espirituales conocidas.
Ayuné. Diezmé. Clamé.
Nada.
Oré. Canté. Leí la Biblia.
Nada.
Lloré. Corté el internet. Danzé.
Nada.
Volví a ayunar, orar y cantar.
Volví otra vez a Diezmar, clamar y leer la Biblia.
Pero era un zombie en cuanto la tentación aparecía.
Un pensamiento era capaz de destruirme.
Una imagen era capaz de prostituirme.
Y un poco de lujuria era suficiente para hacer venirme.
Llegó el momento en que consideré que quizá yo no podía vencer solo al pecado.

Estudié las vidas de los hombres bíblicos.
Enoc con su rectitud.
Josué con su virtud.
Job con su integridad.
Juan con su espiritualidad.
Pablo con su santidad.
Yo quería eso.
Yo quería esa integridad, esa espiritualidad y esa santidad.
Le pedí ayuda a Dios.
Nada pasó.
Le pedí fuerzas a Dios.
Nada pasó.
Le pedí poder a Dios.
No me lo dió.
Y sucumbí como puerco en el lodo.
Una y otra vez. Una y otra vez.
Una y otra vez. Una y otra vez.
Una y otra vez. Una y otra vez.
Grite al Cielo desconsolado.
Grité que de nada había servido el haber 10 años batallado.
Llegó el momento en que reconocí mi debilidad y completa inutilidad ante la tentación.
“No puedo y jamás podré…”

Irónicamente fue en ese momento en que fui liberado.
Irónicamente fue en ese momento en que Dios me llamó a Su presencia.
Irónicamente fue en ese instante que mi carne murió.
Sí, no estaba ayunando ni orando. 
Mucho menos estaba danzando o adorando.
Sinceramente era el momento en que menos merecia ser llamado por el Santo.
Sinceramente era el instante en que merecia ser destruido, no salvado.
Pero fue el segundo en que Dios escogió para revelarseme como todopoderoso.
Había sentido Su presencia pero no Su Gracia.
No habían lagrimas ni quebrantamientos.
No habían música ni grandes lamentos.
Y no habían peticiones ni juramentos.
Sólo Su Gracia.
Allí de rodillas.
Allí en paz.
Allí sin luchas ni batallas humanas.
Allí en la oscuridad de mi habitación.
Allí sin fuegos artificiales ni lenguas angelicales.
Allí sólo ante la Gracia del Todopoderoso.
Allí en un sólo segundo fui libre.
Un segundo de la Gracia Divina venció mis 10 años de pecado.
Un segundo de la Gracia Divina me dió mis próximos 10 años de santidad.
Vencí al pecado.
No estoy bromeando.
Literalmente, lo vencí.
¿El arma? Su Gracia.
¿El motivo? Su Amor.
¿El día? cuando ya no confié en mis fuerzas.

Fue entonces que Él habló:
“No eres tú, soy Yo”
Y todo se aclaró cómo la revelación más extraordinaria que hubiera recibido.
Las palabras del apostol Pablo resonaron:
“…ya no vivo yo, más Cristo vive en mí…”
Entendí que esa muerte no la logró Pablo.
No fue un logro de Pablo.
No fue algo que Pablo hizo.
No fue un premio por ser Pablo.
Fue algo que Pablo recibió por Gracia.
Pues Dios fue quien lo hizo en él.
Entendí la clave de Pablo:
Pablo no confiaba en Pablo.
Él confiaba en Cristo.
Elias. Enoc. Juan. Pablo. Josué. María. Daniel.
Moises. Pedro. Mateo. Noé. Bernabé. Verónica. Ruth.
La honra no es suya.
La honra es de Dios.
Inconsientemente confiamos en nosotros mismos.
Inconsientemente nos creemos capaces.
O al menos con la necesidad de “hacer algo” para vencer.
Por eso la ley les gusta tanto a los religiosos.
Porque les da seguridad cumplirla.
Pero por eso mismo no logran ser santos.
Porque la seguridad que santifica viene exclusivamente de Dios.
Exclusivamente de Su Gracia.
Él nos santifica, Él nos hace Libres.

Pero el verdadero shock no había ocurrido.
Dios habló de nuevo:
“No lo sabías ni sentías nada, pero cada vez que ibas a Mi presencia a pedirme, Yo lo anotaba y te transformaba, y nuestra relación se formaba. Sabía que nunca lo lograrías, pero también sabía que Mi Espíritu podía, por eso lo envíe a ti, Él intercedía por ti con gemidos indecibles al notar tu genuino interés en vencer lo que no me agrada. Mi santidad viene de Mi Espíritu, así como Mi salvación viene de Cristo Jesús. Necesitas a Ambos. Y ambos son Obra Mia, exclusivamente Mía, es Mi Gracia.”

No lloré, callé.
Maravillado. Anonadado. Abrumado.
No merecemos ser Santos.
No podemos ser Santos.
Necesitamos ser Santos.
Es posible ser Santos.
Porque ahora tenemos la nueva arma espiritual “Gracia” para lograrlo.
Porque Jesús venció en la cruz.
Y nos envío a Espíritu Santo quien nos santifica.

Y por primera vez, entendí el Padre Nuestro:
“Padre nuestro que estás en los Cielos,
…no nos dejes caer en tentación,
…más libranos de todo mal,
porque TUYO es el poder, por siempre, Señor.”
Es SU poder
Es SU gracia.
“Resiste al diablo y él huirá de ti.”
Ora, ayuna, ofrenda y canta.
No confiando en tu oración, ayuno, ofrenda ni canto.
Sino confiando en Aquel que responde por Gracia.
Porque Su Gracia es el arma espiritual mas todapoderosa que existe.
Todo es por SU Gracia.

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