La extraña orden anti-Bíblica que me convirtió en el mejor Adorador de todos los tiempos

Dios me dió una orden.
Diferente. Pólemica. AntiBíblica.
Y no quiero cumplirla.
Pasé tres días buscando alternativas.
Formas bíblicas de decirle que no.
Algúna excusa que sirviera.
Alguna razón que se oyera comprensible.
Alguna manera espiritual de desobedecerle.
Pero no la encuentro.
No hallo la manera de decirle que no.
Si tan sólo me hubiera pedido algo diferente.
Un par de animales en sacrificio humeante.
Un ayuno de siete días.
Darle la mitad de mis bienes a los pobres.
Lo que sea, menos lo que me acaba de pedir.

Es mucho.
Supera mi corazón.
Supera mi estudio Bíblico.
Pero lo peor es que supera mi razonamiento.
Sencillamente no lo entiendo.
Y eso me asusta.
Por eso le pedí que me diera otra orden.
Una más bíblica.
O al menos más sencilla.
Pero Su respuesta fue contundente.
“Adórame”.

Confieso que no entendí.
Ya había cantando varios coritos.
Ya habia levantado mis manos al cielo.
Ya habia diezmado.
Incluso llore un buen rato.
¿Qué más podría querer?
¿Cómo pedirme que lo Adorara, si ya lo habia hecho?
Por eso decidí no moverme.
No hacer nada por tres días.
O al menos hasta encontrar antecedentes de semejante orden.
Estaba seguro que debía haber un error.
Yo ya había cumplido con toda las reglas.
Había cantado, danzado y hasta remolineado un poco.
Por eso le pedí con respeto que cambiara su orden sobre mi.
Pero Su respuesta fue repetida.
“Adórame”.

Por eso intenté convencerlo de que Él se había equivocado.
Que quizá el ángel no anotó correctamente Su mensaje para mi.
O al menos que me pidiera sacrificar a alguien más.
Alguien que no fuera mi propio hijo.
Pero Su respuesta fue igual.
“Adórame”.

Entonces me enojé.
¿Cómo me pides que te Adore si lo he hecho toda la vida?
¿Cómo puedes pedirme más de lo que te he dado?
¿Cómo puedes decirme que te entregue lo que más he amado?
Esta vez no escuché Su voz.

El primer día de camino me enoje en serio.
Así que tomé el cuchillo con rabia.
Y me dirijí con mi hijo al lugar indicado.
Tres días de camino.
Ni siquiera pudo ser en un lugar más cercano.
O tan sólo un lugar más acogedor.
Pero estaba dispuesto a demostrarle quien era yo.
Fiel. Obediente. El mejor.
“A donde vamos papá?”
“Haremos un sacrificio.”
“¿Por qué no lo hacemos en la iglesia como siempre?”
“¡Qué sé yo! preguntale al Señor pues Él no me quiere hablar.”

El segundo día de camino me preocupé en serio.
¿En serio iba a hacer ese sacrificio?
¿Tendría el valor?
¿Y si me había vuelto loco?
¿Desde cuando Dios pide en lugar de bendecir?
¿De nada sirvieron mis años de servicio?
¿Y que pasaría después del sacrificio?
¿Que pensaran de mi en la Iglesia cuando les cuente lo sucedido?
¿Y si al final Dios también me pedía que me sacrificara yo mismo?
¿Y quien se encargará del ministerio?
Yo soy indispensable…

El tercer día de camino me deprimí.
Ver el monte Moriah frente a mi me impactó.
“Papá, no traemos cordero para el sacrificio”.
“El Señor proveera…”
“Siervos quedense aquí mientras yo subo con mi hijo, Adoraremos y volveremos.”
Cada paso era tan pesado como un bloque de hierro en los pies.
“No valgo nada”.
“A Dios ni le importa que dejé todo por servirle.”
“Quizá lo mejor sea quitarme la vida junto con la de mi hijo.”
Llegar a la cima fue el preludio.
Preparar el altar fue el intermedio.
Caer de rodillas sin fuerzas fue el final.

“Te amo…no puedo…una sola palabra Tuya bastará para cambiar todo esto…”
Desgarré mis ropas y me quebranté.
Sin música de fondo.
Sin danzas remolineantes.
Sin ni siquiera levantar mis manos.
Pero todo mi ser Adoraba a Dios por primera vez.

“Recibe…toda la Gloria…recibe, toda la honra…todo el reconocimiento…”
“Creo en tí…y lo que harás en mi…y lo que harás en mi hijo…y en mi nación…”

El ruido de un carnero me hizo voltear los ojos.
El cordero del sacrificio en lugar de mi hijo.
El cordero que quitaría mi pecado.
Desaté a mi hijo y nos abrazamos.
Hicimos juntos el mejor sacrificio de nuestras vidas.
Por primera vez no era un simple animal lo que sacrificabamos.
Era nuestro propio “yo” dejado muerto en el altar.
Nuestra autosuficiencia. Nuestro orgullo. Nuestra vanidad.
Ahora sé cuando ocurrrió el cambio.
Fue en el momento en que morí a mi mismo.
Fue en el instante que rendí mi corazón.
Fue en el instante que destruí mi orgullo.
Cuando estuve dispuesto a obedecer, Él me dejo “desobedecerle”.
Mi obediencia le mostró que estaba listo para ser bendecido.
La verdadera Adoración no fue con música en una cómoda Iglesia
La verdadera Adoración fue en un solitario desierto en un incomodo Monte Moriah.

Entonces Dios me habló:
“Te haré padre de naciones y multiplicaré tus bienes, serás bendito.”
“Ya no te llamarás “abram” sino “Abraham, pues serás conocido como el padre de la Fe.”.
Ironicamente la bendición que tanto peleé en “guerra espiritual” vino cuando Adore a Dios.
La bendición no vino cuando me creí merecedor sino cuando reconocí que sólo Dios merece.
Me convertí en el mejor Adorador cuando obedecí la extraña orden anti-Bíblica: “toma a tu único hijo, a quien más amas y sacrificalo en Mi altar”. Genesis 22

Aprendí tres cosas:

1. Dios te pedirá TODO, para asegurarse que Él está sobre TODO en tu corazón. Sacrifica lo que más amas, pues Él sólo bendice a los adoradores en espíritu y en verdad.

2. Adorar es MUCHO MÁS que cantar y diezmar.

3. Cuando Dios te diga algo, obedécelo. Sea un mandamiento o una petición. Sea algo escrito o nunca antes hecho. Sea una ley antigua o un consejo nuevo. Obedécelo. Nunca sabes lo que puede ocurrir. Pero siempre será algo bueno.

ADORA A DIOS.

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